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Enero 2002

Esta Carta Informativa debería lucir crespones negros, en señal de duelo por la muerte de uno de los grandes de la escena nacional. Andrés Pérez se fue en el mes del teatro, provocando una conmoción que sobrepasó el ámbito teatral, como lo demostró la multitud agolpada en su velatorio y luego en su funeral. Como un homenaje a su memoria registramos, a grandes rasgos, lo que fue su vida y su obra, así como la visión de algunos de los que le conocieron bien, reflejadas en las columnas de opinión publicadas en el portal culturachile.cl

ANDRES PÉREZ SE FUE EN EL MES DEL TEATRO

"La Negra Ester cosquillosa/ no aguanta la barreta/ guen chancho bonita tetah/ su carita como rosa/ como espiga orgullosa/ pero no le vale nada/ porque está muy deshojada/ como la parra en otoño/ pero hay que bajarle el moño/ a esta carta marcada/

(Acto primero, escena 1 de "La Negra Ester")


Cuando en Santiago comenzaba a bullir el tradicional enero teatral, el dramaturgo y director teatral Andrés Pérez Araya partió. Era el día 3. Un funeral de colores, con aroma a incienso, con guitarras, cuecas y girasoles, con cantos a lo divino, con aplausos y oraciones, fue su despedida.

Se fue en una vieja micro. Nadie creía que el vetusto vehículo se movería, pero como se trataba de un pasajero ilustre con garra y fuerza, ello fue posible.

El adiós para este artista fue como su vida. Lleno de detalles y gestos, como aquel de uno de los integrantes del Gran Circo Teatro, que apenas terminado el oficio religioso instó a los presentes a movilizarse. "Con Andrés todos trabajamos", dijo, y comenzó una cadena humana a trasladar coronas y ramos de flores hacia las afueras del Teatro Providencia, donde fue su velatorio.

Cierto. Andrés era trabajador, casi en silencio. Mientras su mente creaba, armaba y desarmaba escenografías, recomponía textos, agilizaba a sus actores, conseguía auspicios, ideaba escenarios y todo lo llenaba de colores. Daba vida a los elementos más inverosímiles, confeccionaba máscaras o coloreaba telas.

Bajito, de ojillos brillantes; rapado o con coleta, siempre con una sorpresa en su vestuario, fue un observador permanente. Un día podía estar en Madrid dictando algún taller y al otro, por ejemplo, viendo la partida de alguna de sus obras en los Temporales Teatrales de Puerto Montt.

El recuerdo inmediato de quienes integran el mundo escénico y el público en general se volvió hacia 1988 cuando estrenó en una carpa en Puente Alto La Negra Ester, con el debutante Gran Circo Teatro. La obra remeció el ambiente teatral chileno, marcando un antes y un después en la escena nacional.

Pero había mucho más. Salía entonces a la luz respaldado por una trayectoria que lo ubicaba en sus inicios como pionero del arte teatral callejero y con una bien criticada carrera actoral. La Negra Ester tuvo dos grandes méritos: legitimar la obra de Roberto Parra ( "el tío Roberto") y plantear una concepción teatral diferente respecto al maquillaje, la música, la escenografía y uso del lenguaje.

Nacido y criado en Punta Arenas, a los 13 años su familia se trasladó a Tocopilla. Antes de cualquier atisbo artístico tuvo vocación por el sacerdocio e ingresó al seminario franciscano de La Serena. También pasó brevemente por la carrera de ingeniería luego de obtener en su zona el mejor puntaje de la Prueba de Aptitud Académica, tras una brillante época escolar. Su primer contacto con el teatro lo tuvo cuando llegó a Tocopilla, en 1971, el Teatro del Errante, liderado por Raúl Osorio. En su familia, la idea de estudiar teatro fue rechazada, especialmente por su padre, un suboficial jubilado de la Armada.

Pero así como la desvencijada micro de su funeral logró el objetivo, Andrés también atravesó el umbral del arte para ingresar al Departamento de Teatro de la Universidad de Chile. Más tarde se formó como director frente a sus propios proyectos y como asistente de dirección de Fernando González en el Teatro Itinerante (1978-1980).

En 1983 se integró al elenco del Theatre du Soleil, dirigido por Arianne Mnoushkine, en París, donde llegó invitado por el Ministerio de Cultura francés. Un diplomático galo lo había visto trabajar en la calle en Santiago y lo recomendó. Llegó como "oyente" a La Cartoucherie, sede de la prestigiosa compañía. Siempre recordaba que, pasado un tiempo en tal calidad, le solicitó a la directora trabajar, pensando en el escenario, claro. Pero la Mnoushkine le pasó una escoba, la que Pérez rápidamente puso en marcha.

Era sólo el comienzo para llegar a interpretar personajes de la talla de Chou en Lai, en un montaje sobre la historia contemporánea de Camboya, y Gandhi, en La Indiada.. Su madre, Alicia Araya, quien le sobrevive, fue para él un pilar fundamental y la mayor seguidora de su vida artística. Había que ver a Pérez cuando su progenitora estaba en problemas: era capaz de alterar totalmente su amado trabajo como ocurrió en Chañarcillo (2000), obra que preparaba para el Teatro Nacional Chileno.

Andrés Pérez jr, fruto de la relación con la actriz Rosa Ramírez, coterránea tocopillana, siguió la senda de los padres y hoy reside en París sobre las tablas. Tuvo el placer de trabajar con él en algunas de sus creaciones como Nemesio Pelao, qué es lo que te ha pasado.

A TOMARSE LA CALLE

La herencia artística de Andrés Pérez incluye un capítulo importante: el teatro callejero. Antes de partir a Francia, había hecho un trabajo de investigación sobre el tema en Santiago y regiones, actividad que retomó a su regreso. Su incursión en él comenzó en 1977, cuando presentó un novedoso espectáculo callejero, El Circo Diferente.

Al año siguiente ingresó al Teatro Itinerante y a fines de los 80 fundó el Teatro Urbano Contemporáneo, Teuco, la primera compañía de teatro callejero. Oye, oiga y tú fue una pieza que debutó en el Encuentro de Arte Joven en 1980. Allí iniciaron su carrera los integrantes del Teuco que más tarde conformarían el Teatro Callejero: Roxana Campos, Renée Ivonne Figueroa, Juan Edmundo González, Salvador Soto y Sandro Larenas. La obra era de contenido ecológico y hacía un llamado a evitar una catástrofe para que la tierra no se convirtiera en un gran desierto.

El Teuco se convirtió en un Taller de Investigación al que se sumaron Carmen Disa Gutiérrez, Janine Talloni, Paulina Hunt y Aldo Parodi. Cuando este género ya era una moda en Europa, recorrió los más diversos e inusuales sitios, con obras como Iván el Terrible, de Tolstoi; Buenaventuranzas, sobre la llegada de Jesús a la tierra, una obra cargada de símbolos; y Amerindias, en la que un solo actor tomaba los roles de seis españoles.

Predominaba la pantomima, danza, expresión corporal y escasa palabra. Se sumaban máscaras, zancos, colorido vestuario, mientras un baterista ponía la música. En este tránsito artístico, Pérez impuso la idea de vivir en comunidad con los actores, un sistema que llevaba al grupo a existir en función del arte todo el tiempo.

En sus venidas a Chile, mientras permanecía en París, mantuvo vivo el espíritu del teatro callejero. En 1987 montó Todos estos años, cuya escenografía era un andamio, rescatando nuevamente la calle y los espacios para la fiesta.

Andrés Pérez fue un eje del teatro callejero, y con el Teuco recogió muchos recursos que antes tenía Chile como fiestas de la primavera, pasacalles o ceremoniales religiosos como el accionar de los cuasimodistas. A pesar de sus esfuerzos, este arte no logró afianzarse. El teatro callejero no tiene un retorno económico y la pasada del sombrero no basta.

Avanzando en su carrera, también llamó la atención su trabajo coreográfico en Chañarcillo, con el Teatro Itinerante, y en Auge y Caída de la Ciudad de Mahagony. Además, por sus actuaciones en La Celestina, Romeo y Julieta y Lautaro. Y como autor se delineaba ya con Las del otro lado del río (1978).

Con el Gran Circo Teatro luego vinieron Epoca 70; Allende, Noche de Reyes, Ricardo III, Popol Vuh, La Consagración de la Pobreza, Madame de Sade, Nemesio Pelao, qué es lo que te ha pasado, Visitando el Principito y La Huida, todas bajo su dirección.

Tal vez uno de sus momentos más difíciles los vivió cuando estrenó en la Estación Mapocho una versión de La pérgola de las flores, con mucho vinilo y chicas que se deslizaban en patines en el escenario. La crítica le fue adversa.

Mal lo pasó también económicamente cuando intentó restaurar el viejo teatro Esmeralda, de la calle San Diego, donde revivió a Shakespeare a su manera, mientras que más de alguien arrugó la nariz cuando fue invitado a dirigir Opera de Mediodía en el Teatro Municipal de Santiago. Entonces, los elegantes salones de El señor Bruschino o La escala de seda, de Pucccini, se transformaron en un cuartucho descascarado. Con este programa, y también con el auspicio de la Fundación Andes, se trasladó a La Legua: "Opera en la población" se llamó el proyecto, una actividad inusual para los pobladores que repletaron la carpa.

Inagotable en su trabajo, con viajes al extranjero y compromisos múltiples, siempre estuvo en la búsqueda de lugares inusuales para la escena. A principios de 2001 trabajó en las Bodegas Teatrales de Matucana, espacio que, pese a su deterioro, logró impregnarlo con su sello teatral. Allí, donde dirigió y actuó, exhibió La huida, obra que denunciaba la persecución a los homosexuales ocurrida durante el gobierno de Ibáñez.

PROYECTOS TRUNCOS

A mediados de 2001 Andrés Pérez se mostraba amargado. Le habían entrado a robar a su casa de la calle Antonia López de Bello en el barrio Bellavista. El mayor problema fue la sustracción de su computador en el que se fueron sus escritos en marcha.

Entre éstos estaba "Mi vida entre los hombres", su autobiografía, que pensaba dar a conocer este año. También alcanzó a ensayar Viaje a la semilla, una versión teatral del texto de Alejo Carpentier, en la que un artista a las puertas de la muerte recorre su vida.

Junto a Marco Antonio de la Parra, tenía la intención de exhibir dos piezas sobre la sexualidad chilena. Sólo se alcanzó a estrenar La Huida, de Pérez, quedando pendiente Las Costureras, del médico y dramaturgo, que abordaba la sexualidad femenina.

Ya había conversado con Juan Radrigán y había aceptado dirigir la obra de éste junto a otros escritores, Los nuevos pobres, que abordaba la situación de lo que llamaron "la maldita clase media". El elenco incluía a Roberto Poblete, Luis Gnecco y Cristián García Huidobro.

Su ex mujer, Rosa Ramírez, asumió la responsabilidad de la dirección de la obra En la raya, en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, donde Pérez era profesor, y que constituía el examen de titulación de sus alumnos.


Finalmente el artista pensaba trasladarse a Francia para desarrollar proyectos cinematográficos como discípulo de Raúl Ruiz.


"¡ANDRÉS PÉREZ HA MUERTO, VIVA EL TEATRO!"

Fue el primer grito que se oyó apenas se supo la noticia de su muerte. Y se repitió incansablemente hasta convertirse en una consigna luego de su partida.

El domingo 6 de enero la Plaza de la Constitución se llenó de una multitud que acudió a presenciar La Negra Ester, en una función organizada por el gobierno como parte del programa del Festival Internacional de Teatro a Mil, pero que se convirtió en un homenaje donde se mezclaban la tristeza y la alegría.

A medida que pasan los días y se asume la pena, la memoria colectiva busca hacer realidad un 'no me olvides'. A fines de enero la sala 1 del Teatro San Ginés será bautizada con su nombre, mientras que el Teatro a Mil también está dedicado a su recuerdo.

En el teatro Providencia su compañía, el Gran Circo Teatro, organizó un ciclo musical en su honor durante todos los miércoles de enero, en medio de la escenografía de "La Negra Ester", que se encuentra en cartelera.

En el foyer de este recinto se instaló también un "altar" donde diariamente el público rinde tributo al artista con mensajes escritos y flores. Y para el 24 de enero se anuncia la "resurrección de Andrés Pérez", una fiesta siempre en el estilo del Gran Circo Teatro: con porotos, ensalada a la chilena y un buen vino de barril.

Son los ecos de una figura a quien no le importaba valerse de la calle, andamios, esquinas, plazas, sitios eriazos o el escenario convencional, para hacer del teatro una fiesta permanente. Ahí radica su herencia y la fuerza de esa rebeldía hecha grito que lo acompañó hasta el final: ¡Andrés Pérez ha muerto, viva el teatro!


ANDRÉS PÉREZ O NUESTRO FEDERICO FELLINI
Benjamín Galemiri, Dramaturgo

Durante muchos años no vi La Negra Ester. Me gustaba imaginarla, con miles de laberintos y recovecos, y sorpresas, y humor. Es un ejercicio que aprendí de la época de la dictadura.

Durante muchos años me imaginé "El último tango en París" de Bertolucci. Porque estaba prohibida, porque los militares y la sociedad beata chilena le tenían miedo a esa película apabullante y estruendosa. Entonces, yo, me la imaginaba.

Me pasó con la Negra Ester. En esa época yo no iba al teatro, me estaba poniendo al día con el cine. Pero me encantaba imaginarme La Negra Ester, como un filme de Fellini, cineasta que fue mi adoración en mi adolescencia y juventud.

Con esa exhuberancia, con ese sabor, con ese vigor hipnótico de los filmes del gran maestro italiano.

Cuando Cayoya, la productora del Circo Teatro, me invitó a ver "El Desquite", estaba tenso, enfrentado al mito que me placía construirme de Pérez.

Ese que me decía que él era nuestro Federico Fellini.

Fellini habría adorado frenéticamente la puesta en escena de "El Desquite".

Todo ese esplendor formal y ese suspenso estético, verdaderamente Andrés Pérez era un director de teatro fuera de serie, mundial. Sí, yo tenía razón, era un nuevo Fellini pero en Latinoamérica.

Entonces corrí a ver La Negra Ester, y para mi fue como presenciar una fusión entre "Amarcord" y "Las Noches de Cabiria" en clave chilena.

Pérez tenía la pasta del gran cineasta, sus montajes eran verdaderas operaciones virtuales a la conciencia y provocaciones sistemáticas a los sentidos.

Un tiempo después se me acercó humildemente para pedirme un monólogo. Obviamente lo vi acercarse en cámara lenta. Para mí, fue como si el mismo Fellini me hubiera pedido un guión.

Sí, Andrés Pérez, nuestro Federico Fellini chileno.

Lo que él imaginó con su teatro fue soberbio y será eterno.


HOMENAJE A ANDRÉS PÉREZ
Carola Oyarzún L. , Crítica de Teatro

Tuve la suerte de comenzar mi trabajo como crítica de teatro en el diario El Mercurio el año 1989, cuando la explosión del Gran Circo Teatro liderado por Andrés Pérez mostraba efectos determinantes para el quehacer teatral chileno. La Negra Ester desde sus inicios irradió una vitalidad que se mantuvo por más de una década, e impulsó un estilo con rasgos muy definidos y originales, abriendo espacios nuevos en cuanto a formas artísticas, a un público amplio y diverso, y a escenarios alternativos en distintos sectores de la ciudad.

El estilo del Gran Circo Teatro nos cautivó de inmediato. Cómo no recordar las funciones de La Negra Ester en el cerro Sta. Lucía y el furor producido. Los espectadores fascinados compartían el atardecer desde el cerro con el espectáculo. Este espacio artístico y urbano tuvo enormes repercusiones, ya que no sólo se valoraba una historia de amor como la de La Negra Ester y Roberto, también la ciudad de Santiago desplegaba sus encantos desde la altura del Santa Lucía.

Y cómo no recordar esa doble función del Gran Circo Teatro con Noche de Reyes y Ricardo II de Shakespeare en el teatro Esmeralda, otro de los descubrimientos de Andrés Pérez. Ahí el público reconocía un barrio históricamente poblado de teatros y de actividad. La amplitud de la sala generaba un entorno especialmente alegre y expansivo, lo que también contribuyó a recuperar la tradición artística del barrio Avenida Matta. Inolvidables también son los intermedios de esas obras para comer algo y conversar, y así continuar la larga tarde de teatro.

Y cómo no recordar El desquite, presentado en la Casa Amarilla, otro nuevo escenario para el teatro y otra historia chilena contada con la genialidad del trabajo de Andrés Pérez para transfigurar nuestro mundo campesino. Esta obra fue deslumbrante en su concepción del espacio y en la utilización de innumerables recursos teatrales.

Tan solo nombrando una parte de su trabajo, constatamos que la propuesta de Andrés Pérez comprometía al público más allá de lo teatral, para hacerlo reencontrarse con historias propias y universales, y con lugares de la ciudad abandonados y edificios olvidados. Supo convocar amplias audiencias provenientes de los más variados grupos sociales, supo entregar espectáculos brillantes; y tuvo una extraordinaria capacidad y energía para trabajar con grandes elencos, que siguieron rigurosamente sus lecciones y su estilo.

Como espectadora y crítica, las obras dirigidas por Andrés Pérez contribuyeron a expandir notablemente mi campo visual con respecto del teatro y ejercieron una fascinación contagiosa que me ha perseguido y perseguirá por mucho tiempo.

ANDRÉS PÉREZ, ESE GUERRERO DEL TEATRO
Raúl Osorio , Director del Teatro Nacional Chileno

En el verano de 1971 realicé una gira por el Norte de Chile con el Teatro Del Errante, grupo que dirigía y con el cual realizábamos espectáculos junto con una Escuela de teatro itinerante. En esa ocasión pasamos por Tocopilla y allí, en el medio del calor y de la fiesta teatral, conocí a Andrés Pérez y a Rosa Ramírez.

Mis recuerdos son muy imprecisos. Me parece que Andrés dirigía un grupo de teatro y que Rosa, eludiendo la vigilancia de sus padres, se colaba para participar de esos primeros intentos teatrales de Andrés. Eran los pasos iniciales de la búsqueda teatral de este hombre que había cambiado el frío polar de Punta Arenas por el tórrido calor del desierto, y que con el tiempo iba a hacer del teatro una forma de vida.

Si hay algo que caracteriza a un verdadero hombre de teatro son sus convicciones. Convicciones vulnerables, que no significan, en la mayoría de los casos prestigio social o avales de un éxito asegurado. Son más bien impulsos, ganas y sueños que lo logran mantener en pie, remando contra la corriente, hombres que han creado su propia isla, su propio territorio y en el caso de Andrés su propia familia teatral. Impulsos que son energía vital que guían el destino de aquellos que viven al otro lado del río, y que desde allá nos hacen señales intentando comunicarse con nosotros.

Andrés era un ser excepcional. No quiero que esto suene como una alabanza, porque además ya ha recibido bastantes y las seguirá recibiendo. Digo excepcional por el hecho de pertenecer a una raza de hombres de teatro que permanentemente está en extinción.


Es posible que la fuerza de su carácter sea el resultado de su viaje de guerrero por la geografía cruda, inhóspita y a veces hasta poco amable del teatro. Públicamente el hombre de teatro es conocido sólo cuando se hace famoso, ignorándose el trayecto que este ha tenido que realizar para llegar a algún sitio más iluminado.

Las nuevas generaciones, los discípulos de Andrés tendrán que valorar este aspecto más que la fama de la cual era portador. Necesariamente habrá que reconstruir su bitácora para conocerlo mejor y extraer la herencia que nos deja como innovador y creador, herencia de este hombre de teatro que hizo Escuela con su oficio, con su pasión por todo proyecto que emprendía.

Hay que rescatar esta herencia teatral, este testimonio de vida. Incluyendo la pasión.

 

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