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Obras para leer y votar:

 El más fiel de entre los fieles por Gabriel Bárcenas, México

 Varias Cabezas Rodando por Erik Leyton, Colombia

 

Concurso de Dramaturgia

Hemos creado el concurso de los sueños, no requiere de ningún trámite burocrático o pituto y, lo más importante, la votación estará a cargo de nuestros propios lectores quienes elegirán a la obra ganadora libre y democráticamente. Lo único que deja de ser tan fantástico es que aún no tenemos auspiciadores para entregar un premio al ganador, pero... ¿Quién sabe si algún mecenas cae en la página y decide financiarla a todo trapo? Atrévete y mándanos tu creación que será publicada en Agosto con tu nombre o seudónimo e E-mail, y comenzarás a contar votos de inmediato.

El más fiel de entre los fieles.

De: Gabriel Bárcenas.
Personajes: Ella y Él.
 
Lugar: Un mirador.
 
Época: Diciembre.
Oscuro. Se escucha que un automóvil frena y se detiene, levantando una polvareda de donde surge una pareja que jugando, se persigue. Las luces hacen que sólo se observen las siluetas. Hacen el amor de pie. Él la tiene contra la protección. Llegan al clímax. Rápidamente se arreglan y mientras ella enciende un cigarro, él sale. El motor del automóvil es apagado y sólo quedan unas luces intermitentes. Él regresa con una lámpara de mano e inmediatamente ella le coloca el cigarrillo en la boca y se enciende otro.
 
ELLA: Mira, la ciudad, qué espectáculo... ¿En qué piensas?
 
ÉL: En nada.
 
ELLA: Hace un viento frío.
 
ÉL: Es más fuerte momentos antes de que salga el sol.
 
ELLA: Este lugar, si estuviera sola, tendría pánico. ¿Qué te pasa?
 
ÉL: Nada.
 
ELLA: Antes no te atraían los riesgos. Hoy, ¿cómo se te ocurrió venir aquí?
 
ÉL: Nomás.
 
ELLA: La última vez que nos vimos, antes de que naciera, ¿Pablito, se llama? Por Mayo..., no, no, Junio. Ese día nos empapamos, por el aguacero, una alcantarilla se tragó a dos muchachas. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas tus últimas palabras? ¿Aún te consideras el más fiel de entre los fieles? ¡Dímelo!, ¿es un juego, no?
 
ÉL: Es el juego del amor.
 
ELLA: (Ríen.) Oh, sí, el amor. Lo juego cuando aparece una flor sobre mi escritorio. Entonces veo como el amor es un juego estúpido. Sí, es estúpido que el amor de otros me provoca ternura y lástima.
ÉL: Déjate querer.
 
ELLA: (Sonríe, asintiendo.) Es lo mismo que siento cuando en una esquina, tras la ventanilla, unos niños me piden monedas. Y me viene a la mente cuando he pensado en hacer realidad el rumor regado por la oficina, de que me acuesto con uno de los dueños. O cumplir con la fantasía sexual del tipo que me deja las flores.
 
ÉL: La gente de las grandes oficinas sólo habla porquerías. Si estuvieran bajo mis órdenes, ya los hubiera liquidado.
 
ELLA: Ya lo hice. ¿Por qué la gente no se concretará a trabajar?
 
ÉL: Por la misma razón que deberías olvidarte de eso. Porque este es un momento para pasarla bien.
 
ELLA: Tienes razón. (Un viento leve le mueve el cabello.) ¿Qué dijiste?
 
ÉL: Nada, veía las estrellas.
 
ELLA: (Respira y extiende los brazos, girando como en un baile.) Ah, en este instante, quisiera que siempre estuviéramos juntos. (Pausa.) ¡No me mal interpretes!, ¡oh, no!, ¡pero qué tonta!
 
ÉL: No, yo soy el tonto.
 
ELLA: No, yo soy.
 
ÉL: De verdad.
 
ELLA: Además, lo dije yo primero... Está bien, ¿por qué eres tú el tonto?... Sin exagerar, ¿eh?
 
ÉL: Soy un tonto, por salir furioso y azotar la puerta de mi casa. Soy el tonto por invocarte en el camino de la escuela de los niños.
ELLA: De madrugada, también pensé en ti. Pero mira, que encontrarnos con una llamada telefónica equivocada. ¿Y quién es la persona que buscabas?, ¿te molesta que te pregunte?
 
ÉL: ¿Por qué?
 
ELLA: Porque soy una tonta preguntona... ¿Te agrada?
 
ÉL: No sé.
 
ELLA: ¿No sabes?
 
ÉL: No me importa.
 
ELLA: Ah.
 
ÉL: ¿Olvidaste cómo soy?
 
ELLA: Si y no.
 
ÉL: Si quedaba de verte otro día, tal vez no iría.
 
ELLA: ¿Por qué me miras así?
 
ÉL: Me gustas.
 
ELLA: Mejor sigue hablando.
 
ÉL: ¿Para qué?, me ves..., te veo.
 
ELLA: ¿Y qué ves?
 
ÉL: Lo que quieres.
 
ELLA: ¿Te das cuenta?
 
ÉL: Sí.
 
ELLA: ¿Y te parece buena idea que haya pensado en tener un bebé?..., otras lo hacen, ¿por qué yo no? (Él se asoma hacia el precipicio. Arroja una piedra y trata de seguir la trayectoria con el oído, el viento vuelve a soplar.) ¿Y Pablito?, ¿cómo es? Vamos, todos los padres tienen una historia acerca de sus hijos. Aún cuando tengan alguna anormalidad, encuentran algo que los distingue de los otros niños con problema.
 
ÉL: ¿Lo dices para que me sienta culpable?
 
ELLA: ¡Pero si es una broma! (Se ven, desvían la mirada y luego ríen.) Cuando te presentaste en aquel bar, estuve segura de tener enfrente a un hombre sincero.
Suena un teléfono celular.
 
Él: Es el tuyo.
 
ELLA: No, el mío lo dejé en la guantera.
Él mira la pantalla y apaga el teléfono. Ella parece sentir más frío y él la cubre con su saco, luego toma otras piedras y las arroja.
 
Él: Por éstas fechas, la ciudad desde aquí, semeja a un gran árbol de Navidad. ¿Cuántas fiestas se estarán celebrando? Esta época me deprime, es cuando siento que me doblego a los caprichos de mis fantasmas infantiles. Me obligan a regresar a la casa de mis padres y de los de ella. Ojalá este año pudiera ser diferente. (Pausa.) El año en que nos conocimos estaba abatido. Meses antes, aquí les mentaba su madre a aquellos cabrones porque urgía entregar ese puente. ¿Alcanzas a ver las columnas? Tres cuadrillas hacían el armado de aquellas dos. Las varillas son así de gruesas. Ellos, como hormigas. Escalaban y hacían amarres. De pronto, una ráfaga de viento llegó, doblando los armados y dentro, a mis trabajadores. Cuando el viento cesó, ellos quedaron atrapados entre los fierros retorcidos. Mi supervisor y yo, abajo, fuimos testigos. No había forma de subir y la radio no servía. Mandé al otro por ayuda, las horas pasaron, de mi supervisor nunca supe nada, desapareció. Esa noche fue terrible y hasta la mañana siguiente, en que llegaba otra cuadrilla, bajamos los cuerpos. En las dos, cuando destrabábamos a los cuerpos, al quitar el último, las columnas regresaban a su posición. Sé, no fui el culpable, pero sí, el responsable de ellos.
 
ELLA: Ay, cariño. Basta con ver la portada de un periódico. ¿Quién puede dominar a la naturaleza? Un simple granizo hace el mismo daño que un terremoto o un huracán. Hay mujeres que buscan durante años tener descendencia, y otras que sin proponérselo, la encuentran. ¿Te sientes culpable? Yo fui una de esas mujeres..., hace años. ¡Pero ya pasó!, no sería la mujer de ahora. Creo en Dios, más no me resignaré a vivir entre las heces, pelos y plumas de pájaros, gatos o perros.
 
ÉL: Mira lo que ha hecho Dios, con la ayuda de nosotros los ingenieros. Cuando construíamos esta autopista, en aquella curva, antes del puente, no había nada. Hoy está tupido de magueyes y el único arroyo son las aguas contaminadas que salen de esa fábrica de tequila. No, tampoco me arrepiento. Una vez trabajé para ampliar una tabacalera. En esa ocasión, mi mujer me dijo: "¿por qué trabajas para una fábrica que va a producir más dinero para unos cuantos y cáncer para muchos?" Le contesté que de todas maneras el dinero sólo da vueltas. Les quito buen dinero y fumada tras fumada se los regreso. Un sermón no me alejará de este vicio. Llegué a la conclusión de que eso es la justicia. De que la ética carece de medida. Y como tú, cada quién hace lo que le conviene. ¿Quién soy para juzgarte? Tal vez fue la única salida, ¿matar a alguien desconocido o a tus ilusiones?, ¿quién soy para aprobar o desaprobar un aborto? Somos víctimas de las circunstancias, y eso puede conducir a la muerte. Uno no debe confundir al amor con la ternura y la lástima, o con una mano pequeña estirada fuera de la ventanilla.
 
ELLA: ¿Estás diciendo que lo apruebas, o lo desapruebas?
 
ÉL: Ya qué importa, ¿sabes?, siempre hay que pensar en el futuro.
 
ELLA: Sí.
Él brinca la cerca de protección. Se escucha el silbido del viento que da en la cara de ella.
 
ÉL: Ven. (Con dificultad, ella hace lo mismo. El temor la detiene.) ¿Alcanzas a distinguir lo mismo que yo?
 
ELLA: No sé qué quieres que distinga.
 
ÉL: El miedo.
 
ELLA: No lo tengo, sólo es cuidado.
 
ÉL: ¿Qué pensarás en la caída?
 
ELLA: No te atreverías a soltarme.
 
ÉL: ¿De veras?
La toma de la cintura y la sostiene en vilo. Otra ráfaga de viento.
ELLA: ¿Qué dices?... Bájame.(La regresa a piso firme.) ¿Qué dijiste?
ÉL: Nada dije. Si hablo, pierdo fuerza y entonces, hasta lo más hondo, mi amor.
Se miran. Ella sonríe.
 
ELLA: No sé cuando estás jugando.
 
ÉL: Ni yo.
 
ELLA: (Ríe.) Si tú y yo no sabemos, ¿entonces quién diablos?
 
ÉL: ¿Y si te equivocas? No es cuestión de saber. ¿Has tenido la sensación de que nada te falte? Eso me hace sentir un poco culpable, por olvidar de que existe el miedo. No, bueno, cuando contemplo el horizonte pienso que me he alejado de Dios.
 
ELLA: Y te has acercado a mí, que soy una tentación. Sólo que el que está poniendo los cuernos eres tú. Yo no tengo compromiso, más que conmigo.
 
ÉL: Por lo mismo.
 
ELLA: No te preocupes. Si me llevaste a ese lujoso restaurante en lugar de comprarle un perfume a tu mujer, bueno, lo puedes hacer esta misma noche, pasa por la farmacia antes de llegar a casa. Ven, cariño... Estoy aquí porque quiero, y no has necesitado de una serenata, de una mesa con velas o un ramo de flores. Cuando te entregué las llaves de carro, sentí placer de verte al volante: girar, acelerar, frenar, sonar el claxon. Notar la diferencia entre tú y yo, sobre una máquina en la que pasas tanto tiempo que se convierte en la extensión de tu cuerpo. Al recorrer el camino, ansiaba llegar y que así, como ocurrió, me penetraras hasta sentir dolor y placer.
 
ÉL: Toma. (Le entrega las llaves.) Manejarás de regreso.
 
ELLA: ¿Y las cosas maravillosas que me ibas a enseñar?
 
ÉL: Luego.
 
ELLA: ¿De pronto te trasformaste en el más fiel de entre los fieles? (Él la aparta.) Eres muy ocupado, yo también.
 
ÉL: Te toparás con otro.
 
ELLA: ¿Y tú con otra? No me acuesto con alguien por necesidad, es mejor una masturbación. No soy fea, pero tengo en contra mi inteligencia, una casa, buena cuenta en el banco y un automóvil del año. Los galanes que aparecen son como tú y en tu caso, no despojaré a otra mujer y a sus hijos. ¡Qué tontería!
 
ÉL: Sí, de pronto te transformas en una auténtica pendeja.
La abraza por la espalda y le susurra algo. Ella, en un rápido movimiento se separa.
 
ELLA: Está bien, payaso. ¡Vámonos! Adiós.
Ella sale.
 
ÉL: ¡Recuérdame!
Se escucha que el automóvil no arranca. Ella regresa.
 
ELLA: ¿Qué hiciste?
Él ríe. Ella le tira varios golpes hasta que uno de ellos da en los testículos, doblándolo de dolor.
 
ÉL: Me los rompiste.
 
ELLA: ¿Y ya no van a servir? Los necesito urgentemente. Para hacer un omelette.
Ríen. Ella le acaricia la zona golpeada. De pronto, todo se ilumina y se produce un sonido extraño, del mismo modo, regresa la oscuridad.
 
ÉL: Aquí ocurren cosas que en la ciudad ya no se ven. (Pausa.) ¿Crees en los fantasmas?
 
ELLA: Y en la Navidad... Estás loco, me quieres asustar.
 
ÉL: Es en serio. ¿Alcanzas a distinguir las formas que producen los árboles contra las rocas? He caminado por ahí, iluminado por la luna. Tal vez he regresado a esta hora para sentirme nada, para dejar de creer que lo que tengo lo es todo en mi vida.
Le arrebata la lámpara.
 
ELLA: ¿Ves la vereda? Conduce a un lugar llamado la chingada, donde una vez muerto, vas a parar, y ya muerto, es cuando adquiere valor. Porque muerto, te vale una chingada. (Pausa.) Quiero que entiendas, que con nuestro encuentro, me vale ese lugar al que conduce la vereda. Ven. (Pausa.) Si creo en los fantasmas.
Ríen.
 
ÉL: ¿Qué quieres?
 
ELLA: Ayuda.
 
ÉL: Dime.
 
ELLA: ¿Sientes por mí algo más que amistad?
 
ÉL: Sí.
 
ELLA: Nos dejamos de ver, y sin embargo, seguimos siendo grandes amigos.
 
ÉL: Cuando el jefe me ordena solucionar un problema, entonces sé lo que es mi profesión. Darle solución es como decirte que busques a otro. ¿Te gusta mi saco? Durante una comida, un contratista se dio cuenta de mi preferencia por la marca. Hace unos días, con el pretexto de la Navidad, lo llevó al estacionamiento de la compañía y me lo obsequió. Me desagrada recibir lo que no merezco.
 
ELLA: No seas cursi. Si ingresas a un supermercado y te avisan que eres el cliente número diez millones y que has ganado un premio, ¿No lo aceptarías? Mi madre siempre cuenta la misma historia: de cómo se sacó el premio gordo de la lotería con mi padre. Él ya no vive, así que pronto se lo quitaron. Pero mientras duró, lo disfrutó. Soy congruente, uso la filosofía de la empresa, la satisfacción del cliente o la devolución de su dinero. Mejor dicho: hasta lo que dure. Cómo a la lámpara, por eso al dinero también le llaman luz, ¿no? (Ríen.) Oye, como que hay mejores lugares para hacer el amor... Ojalá que lo de mi carro sólo sea una travesura.
 
ÉL: Seguro.
 
ELLA: Entonces, vámonos.
 
ÉL: Espera, no quiero que nos vayamos así. Toda mi vida he estudiado para ser lo que soy, para competir contra gringos, franceses o japoneses. Quiero lo mejor para mi familia y mi país, he visto cómo la compañía pasó a manos de una transnacional. Ya no me importa que la mayor parte de las utilidades no se queden aquí y que las materias primas las extraigan de nuestro suelo. Me beneficio de todo eso, si me quejo, es como darle patadas al pesebre. Me enorgullezco de lo que he logrado: viajar en primera clase, supervisar proyectos de millones de dólares, y como la empresa fabrica productos de primera necesidad, nunca está en crisis, yo tampoco. Sigo las reglas no escritas por la compañía, nunca mezclo el chile con el trabajo. Algunas me han dicho: "quiero contigo, me gustas, no importa tu situación". Sé, al final todo es exigencia: cama, tiempo, y si por alguna razón hay hijos producto de la relación, todo empeora. Mi mujer confía ciegamente, me mantengo ocupado desde que amanece. Los días se van, con el cabello en la ducha. De pronto, el peine ya es innecesario. Y cuando viajas te das tiempo para reconocer lo que eres, de reírte de lo que hacen los que gobiernan tu ciudad, de buscar explicaciones a las frecuentes enfermedades de los hijos y la esposa, de las quejas de la dirección de la escuela y de cómo ya crecieron. Quiero que sepas, eres la excepción, eres especial..., hasta tu automóvil es como tú.
 
ELLA: (Ríe.) ¡Guau!, ¡qué confesión! Seguido me toman por una niña "bien". Y mira, tanto que me privé con tal de aspirar el aroma de un carro nuevo. Pero mi gusto es tal, que cuando puedo, leo el manual buscándole nuevas virtudes. Es sabrosa la frivolidad, no es lo mismo que estrenar una blusa. Admiro los automóviles con motor silencioso, con detalles, como la luz de la visera, que me permite acentuar la sombra en los ojos.
 
ÉL: No sólo los hombres tenemos esos pensamientos para las máquinas.
 
ELLA: Ni para las personas, porque no hay piernas feas a bordo de un carro del año. Cuando he subido a un lindo carro y lo expreso, me contestan: "a la orden", con la mirada en mis piernas. Como tú y yo, es difícil definir la parte más bella, sí la línea o los interiores. Más como a nosotras, a un vehículo hay que darle lo que exige. Es el secreto del arte de manejar. Si se conduce veloz, deberás correrlo continuamente. Si es elegante, lo manejas como batuta de orquesta. Hay carros con línea fea, por ejemplo, como tú.
 
ÉL: ¿Te parezco feo?
 
ELLA: No eres como un carro que suba y baje cristales a la orden, de buen gusto y color. No eres alguien al que una robacarros quisiera llevarse, a menos que conociera "el interior". ¿Te tienen asegurado? (Pausa.) Déjame decirte que no es malo sentirse guapo, la mayoría de nosotras terminamos creyéndolo, digo, ya enamoradas. ¿Qué siente un hombre cuando le hacen saber que su calvicie no es sexy?, ¿y que su enorme panza es asquerosa? No te sientas aludido, por algo, el amor es ciego.
 
ÉL: El dinero produce la ceguera, el dinero hace más que una fruta tropical. Una fruta tropical colgante llamada sandía, que oculta dos naranjas y un plátano. Con dinero, la más simple de las llamadas hace que una mujer escultural esté dispuesta. Por eso, el hombre más fiel es aquel que no tiene dinero.
 
ELLA: ¿Lo aseguras?
 
ÉL: La seguridad es lo único que tengo. ¿Cambiaría tu opinión si descubrieras que vivo al día?
 
ELLA: ¿Otra excepción?
 
ÉL: Para terminar de romper con tu clasificación. Sin dinero, feo, el carro a medio pagar y con familia. ¿Qué atractivo pude tener como para que te hayas fijado en mí?
 
ELLA: A mi escritorio llegan solicitudes de gente como tú. Meses después me preguntan por qué los contraté, les contesto de todo, menos que fue una corazonada. Para seleccionar a las personas, los métodos científicos no sirven, basta la profundidad de la mirada. Al final del día me paro frente al espejo y me pregunto: ¿qué hago aquí? Esa pregunta es la razón por la que me mantengo viva.
Él irrumpe en carcajadas.
 
ÉL: También usas el espejo del conformismo, sólo que yo me respondo en las rasuradas. Los accionistas de la compañía, al año siguiente nunca regresan con el mismo automóvil. Recuerdo cómo se me vino a la mente la forma de elevar la producción con una mínima inversión. Dejé de jugar con mi hijo, tomé la computadora y escribí toda la noche. Nadie se enteró de mi esfuerzo.
 
ELLA: Tu mujer y tu hijo no lo olvidarán, nosotras siempre tenemos presentes las fechas y detalles.
 
ÉL: Es la única vez en que pensé en dejarlos. Tenía cosas inconclusas.
 
ELLA: Nunca los dejarás, como a mí. A pesar de ser tan inteligente..., tan responsable..., y tan, pero tan estúpido. No, no es una broma, así es el juego, ¿no? (Pausa.) ¿Qué es aquello?
 
ÉL: Un edificio. Una esfera del árbol de Navidad está en llamas.
 
ELLA: Parecen juegos pirotécnicos.
 
ÉL: Es un infierno el edificio ese.
 
ELLA: ¿Crees en eso?
 
ÉL: ¿En qué?
 
ELLA: En el infierno.
 
ÉL: No.
 
ELLA: ¿Cómo es que no crees en el infierno y sí en los fantasmas?
 
ÉL: (Ilumina.) Ve, allá hay un fantasma, en este otro lado..., un grupo de fantasmas.
 
ELLA: Hay que regresar, un resbalón y no lo contamos.
Ella se pasa del otro lado.
 
ÉL: Allá es en donde está el peligro. Aquí te defiendes con lo que está a la mano. En la ciudad, se te estrella de lado un camión urbano y fin, a las estadísticas.
 
ELLA: ¿Qué es seguro? Nada. Cuando veníamos, tomaste algunas curvas a más de noventa kilómetros por hora... A lo mejor llegué a una edad en la que una le teme a todo. De pasar una vida sin dejar huella. No porque hubiera querido ser famosa, no. He estado enamorada, ¿a quién le importa lo que ha resultado? Hubo un hombre al que le propuse dejar todo, le propuse convertirme en una mujer como la tuya, con tal de vivir juntos. Y nada.
 
ÉL: El día en que conociste a mi hija, entonces de cuatro años, dijo que sería como tú, "como mis muñecas". Y pensé, que si estuviera solo, viviría contigo.
 
ELLA: ¿A qué hora quieres que mande matar a tu mujer? (Pausa.) ¿Me preparo para dejarte recados telefónicos? ¿Para tener un cuerpo así?..., ¿o así?
 
ÉL: No la menosprecies. Aún tiene un buen físico, es inteligente, con clase y buena administradora. Además, tiene una licenciatura.
 
ELLA: Igual que mis antiguas amigas. El círculo las atrapa. El ir de compras, la espera para ir a ver una buena película o que te lleven a un bar, o comprarse una misma las flores. Y en estas fechas, adornar el arbolito y preparar la cena con todo y regalos. Pues bien, todo eso lo tengo, todo eso lo tengo. Ven, ¿acaso no tienes miedo de ese lado?
 
ÉL: No. ¿Y tú?, ¿de cualquier lado?
 
ELLA: Mírame, estoy por rebasar los treintas y ya soy todo un estuche de monerías. Padezco migraña, me la paso escuchando música, sé de memoria los colores del amanecer. Me han tratado todo tipo de médicos y otros tantos gurús. Mis abuelos son diabéticos y a una tía la atacó un tumor maligno. Mis pechos, ¿los sientes como antes? Tienes las manos frías... ¿Todavía te agrado?... Hace un año me quitaron un quiste, entre las recomendaciones dadas está la de un embarazo... No pongas cara de compasión, ¿me darás una moneda tras la ventana? Me gustaría transformarme en una niña, bailar, correr y jugar con mis muñecas, estar en la inconsciencia total..., la inconsciencia es la felicidad. (Lo toma de la mano.) No quiero enfermar con la soledad.
Él la suelta y toma dos piedras, arroja una.
 
ÉL: Dejó de arder el edificio.
 
ELLA: Y tú también. (Él arroja la otra, más lejos.) ¿Qué sientes al hacerlo?
 
ÉL: ¿Hacer, qué?
 
ELLA: Tirar las piedras... (Ella forma un pequeño montículo.) Es curioso. La sopesas, le das forma y la arrojas, ¡se pierden!.
 
ÉL: No seas absurda.
 
ELLA: Sí soy absurda.
 
ÉL: Si eres absurda.
 
ELLA: Huyes, ¿se trata de derribar a los fantasmas?..., (Tira contra el viento, que conforme arroja las piedras, se siente más intenso.) al fantasma de mi vergüenza..., de mi pasado..., de mi auto estima..., mi primer amor..., mi segundo amor..., mi último amor..., las lágrimas..., las burlas..., la compasión..., los remordimientos..., mis padres..., mis arrugas..., la celulitis..., yo misma...
Acaba con sus piedras. Paternal, él la protege.
 
ÉL: Cálmate. Dame las llaves, manejaré de regreso.
 
ELLA: La vida es injusta.
 
ÉL: Las grandes cosas están hechas de grandes injusticias. Después del accidente en el puente, contratamos otros albañiles. En los últimos días de la construcción, estuve comiendo con ellos. Tortillas con frijoles, una botella de chile, un comal calentado con leña y un refresco. No, dos refrescos, para recuperar la energía y de nuevo poder subir a cuarenta metros de altura. ¿Quieres saber cuánto dinero les pagaba?
 
ELLA: No.
 
ÉL: Dejé de regañarlos por los materiales que desperdiciaban. Antes me molestaba si se perdían las seguetas, también me molestaba pagar tanto en impuestos a cambio de un mal gobierno y detestaba a tanta gente que en la empresa cobraba un sueldo alto sin merecerlo. Un día comprendí que no puedo remediar que las seguetas se vayan ocultas en los morrales de los albañiles, y que la mayor parte del producto de mi trabajo quede en los bolsillos de los gobernantes y de mis jefes. Ese día descansé.
 
ELLA: Toda mi vida he luchado por lo que tengo.
 
ÉL: Lo sé.
 
ELLA: No, quiero encontrar la respuesta, ¿por qué mis hermanas tienen casa y marido?
 
ÉL: Es lo mismo que pregunto, por qué han llegado tan lejos otros más estúpidos que yo. Quiero ver a mi jefe, realmente como a alguien superior. Y, ¿sabes?, es la suerte.
 
ELLA: La suerte no existe.
 
ÉL: Para sacarse el premio, hay que comprar el boleto... Y desearlo.
 
ELLA: Veo a mis hermanas. Yo, la más admirada, la de mejor figura, la más preparada, más sola que un perro de azotea.
 
ÉL: Unos quieren pegarle al premio y otros buscan devolver el tigre, y las rayas del tigre todo mundo las oculta. ¿Quieres comprobarlo?
 
ELLA: No.
 
ÉL: Hace horas... Toma tu teléfono.
 
ELLA: Está en la guantera.
 
ÉL: (Toma una vara.) Toma este.
 
ELLA: Qué fresco.
 
ÉL: Y yo este... ¿Riing?... ¡Ring!
 
ELLA: ¿Dónde está la maldita secretaria?... Diga...
 
ÉL: ¿A dónde hablo?
 
ELLA: Al Corporativo CEMSA...
 
ÉL: ¡Hooola!, ¿ya no te acuerdas de los amigos?
 
ELLA: ¿Eres tú?
 
ÉL: ¿Y tú?, ¿eres tú?
 
ELLA: Sí.
 
ÉL: ¿Cómo estás, preciosa?
 
ELLA: Preciosa.
 
ÉL: ¿No sólo lo digo yo?
 
ELLA: No, se te está adelantando otro que me dejó una flor sobre el escritorio.
 
ÉL: ¿Y de qué color es?
 
ELLA: Qué importa, mejor dime cómo estás.
 
ÉL: Bien.
 
ELLA: Qué bueno.
 
ÉL: Entonces..., me dio gusto saludarte, linda.
 
ELLA: A mí también. ¿Sigues igual?
 
ÉL: Igual de qué.
 
ELLA: Tú sabes...
 
ÉL: (Tira la vara.) Esas son las rayas del tigre.
 
ELLA: No estamos tan bien, ni preciosos. (Ríen. Pausa.) En todo el día, es la primera vez que vas al grano.
 
El viento vuelve a silbar.
 
ÉL: ¿Y cuántos hijos quieres?
 
ELLA: No, por Dios, sólo uno.
 
ÉL: ¿Te sientes vieja?
 
ELLA: No...
 
ÉL: Convénceme... Espera, convénceme, no pedí que me sedujeras...
 
ELLA: Un hijo le daría sentido a mi vida.
 
ÉL: Cuando nació mi hijo, tan idéntico a mi, llegué a creer que eso era la inmortalidad... ¿Quieres saber algo?, hoy no sé lo que significa.
 
ELLA: No te burles.
 
ÉL: A lo mejor es una responsabilidad de veinticuatro horas.
 
ELLA: Al menos, no se me han muerto trabajadores.
 
ÉL: Abrirás el periódico o querrás ver el noticiero y sentirás encima coches y rompecabezas. Pensarás en ir al cine y te quedarás pensando en ir al cine. El teléfono suena y se cuelgan del cable o se golpean. Conozco casi todos los baños de las plazas y restaurantes. ¿Qué quieres?, ¿un niño de guardería que crecerá quejándose de que algo a lo que no le diste importancia se convirtió en un gran trauma? ¿Y lo afectivo? ¿Y lo económico?
 
ELLA: Mis ahorros lo resuelven todo. La figura paterna su cubre con mi hermano y estará bajo el cuidado de la abuela cuando yo esté trabajando. Además, tengo una casa que no he habitado, con jardín.
 
ÉL: Y por las noches lo arrullarás y le contarás un cuento mejor que este. No, te jalará de la falda y exigirá: "!quiero una paleta!, ¡quiero una paleta!" Olvídate de los reventones, de los aeróbicos, de las idas al café, de las carreras por el parque, de los salones de belleza.
 
ELLA: Y de hombres como tú.
 
ÉL: ¡Yo si soy una persona responsable!
 
ELLA: ¡Ya lo creo, cogiendo a la primera, y sin protección!
 
ÉL: Confío en ti y tú debes confiar en mí.
 
ELLA: ¡Dame un motivo!, ¡sólo un motivo!
 
ÉL: Tengo la vasectomía.
 
ELLA: (Pausa. Ríe) ¡Es otro de tus juegos!
 
ÉL: Mírame.
 
ELLA: No, no lo puedo creer.
 
ÉL: Mírame a los ojos. Soy un hombre responsable.
 
ELLA: Y tonto.
 
ÉL: No, pendejo. (Pausa.) Es lo que me dijo otro colega al que le confesé mi operación. Pediste sinceridad, ¿o la responsabilidad de la planeación familiar es cosa de mujeres? ¿Ahora estás en el rol de mujer mojigata?
 
ELLA: ¿Y ahora?, ¿qué voy a hacer contigo?
 
ÉL: Estoy a tus órdenes.
 
ELLA: Te entregué la dirección de mi más preciado tesoro y perdí la mitad del día acompañándote...
 
ÉL: Al menos no perderás el día de hoy más tiempo teniendo que usar un vibrador.
 
ELLA: Gracioso. (Pausa.) Al fin y al cabo, no todo es ganancia en los negocios.
 
ÉL: Recuerda, hay que pensar en el futuro, y lo vivido, ¿quién nos lo quita? Y las ilusiones, continúan.
 
ELLA: Es cierto, he sido una tonta por no ser tan optimista.
 
ÉL: No, yo soy el tonto.
 
ELLA: Discúlpame, pero la tonta soy yo, porque tú ya te habías clasificado como un auténtico un pendejo.
 
Le arroja el saco a pesar de sentir frío. Él va a colocárselo y ella lo evade.
 
ÉL: Vas a provocar que realmente lo sea.
 
ELLA: Por favor, nada de buscar culpables.
 
Hay un gran silencio. Ambos pierden la vista en puntos muy lejanos, tal vez, pensando en lo que tienen en la gran ciudad. El viento arrecia y él manipula la lámpara.
 
ÉL: ¿Nos vamos?
 
ELLA: No me gusta conducir cuando estoy encabronada.
 
ÉL: Yo manejo.
 
ELLA: Es "mi" carro, no lo olvides.
 
Otro gran silencio. El viento se hace presente.
 
ÉL: Has perdido toda la compostura.

ELLA: ¿Y tú?, ¿qué has perdido, eh? ¿Por qué en lugar de llevarme a un motel, me has traído a un mirador en una noche estrellada, donde hace un frío de la chingada?
 
Dirige la lámpara hacia un punto.
 
ÉL: Ve. Estoy en busca de mis fantasmas. Tú eres uno de ellos. Mucho tiempo te tuve en la cabeza. Eras..., mi ideal. Como una película donde la heroína es toda bondad, belleza, perfección.
 
ELLA: ¿Y te desengañaste?
 
ÉL: No, bueno, sí.
 
ELLA: ¡Por Dios!, ¡sí, o no! ¿Qué clase de hombre eres?, usas los sentimientos de otros a tu conveniencia. Quiero que sepas que no fue tu decisión de convertirte en "el más fiel de entre los fieles" la que nos alejó. Simplemente ya no quise permitir que me quisieras usar cuando tu mujer no estuviera en condiciones. El problema es, que cuando necesito ser correspondida por las atenciones del pasado, tú ya no puedes..., o ya no quieres... No vas a perder tu membresía en el club, ni tu automóvil, ni la otra casa que tienes en obra negra, ni tu pequeña cuenta en el banco, ni tu colección de licores. No vas a perder todas esas prestaciones escondidas que les escamoteas a los contratistas por dejarlos trabajar. El caso es, que dejes de hacerte pendejo, y que quieras hacer a los demás como tú.
 
ÉL: ¡Uf!, tu radiografía me dejó en puros huesos.
 
ELLA: Olvídalo.
 
ÉL: Me siento mal.
 
ELLA: No me chantajearás, como la última vez.
 
Acerca el saco y con timidez se lo coloca a ella sobre los hombros.
 
ÉL: Dicen que después de los siete años, ya no se modifica el carácter... Conservamos la misma sonrisa, la misma mirada que al nacer... El accidente me cambió por un tiempo, ahora sólo queda el resentimiento para mi supervisor. No soporto que me abandonen sin una explicación.
 
ELLA: Ah, se echó a perder la noche.
 
ÉL: Todavía le queda cuerda, mira la ciudad, hay muchos lugares a dónde ir.
 
ELLA: Sí, allá está tu casa, y de aquel lado la mía.
 
ÉL: Es época navideña, te invito a pasear por el centro, hay tiendas abiertas.
 
ELLA: ¿Y luego compramos los juguetes para tus hijos?, no, gracias. Vámonos, hay mucho sereno. (Pausa.) ¡Vámonos!
 
ÉL: Espera. (Cruza la cerca de protección. Cuando se ha retirado un poco, regresa.) ¿Me regalas un cigarro?... Están en el saco... Y lumbre. (El viento apaga el encendedor.) Gracias.
 
ELLA: No tardes.
 
Él desaparece. El viento arrecia y ella se cubre. Enciende un cigarro y es tal el frío, que luce indecisa entre esperarlo dentro o fuera del automóvil. Finalmente el lugar queda solo. El automóvil es encendido: se escuchan el motor y el autoestéreo. Los faros iluminan la cerca de protección. Él aparece tras la cerca, viene agitado. Se detiene una vez más y ahora contempla la ciudad. Ella apaga el motor y las luces del carro.
 
ELLA: ¿Nos vamos?
 
ÉL: Sí.
 
Al voltear hacia ella, "algo" parece jalarlo de un pie, derribándolo y provocándole olor. Ella rápidamente cruza la cerca de protección y lo ayuda a levantarse.
 
ELLA: Tonto, me asustaste.
 
ÉL: Me lastimé el tobillo... (Con apuros, brincan la cerca.) Necesitaba estar aquí, a esta hora... Nunca supe del supervisor... ¿Y si en el camino, buscando ayuda algo le pasó?... Tengo un presentimiento. ¡Ay, me duele de poca madre!
 
Con cuidado, ella le quita el zapato y luego el calcetín. Examina el pie.
 
ELLA: No te preocupes, mi madre me enseñó a sobar.
 
ÉL: ¿Va en serio lo de querer tener un hijo?
 
Ella hace un largo silencio y sigue con el masaje.
 
ELLA: No, cómo crees.
 
ÉL: Es una broma.
 
ELLA: Sí, es una larga broma que me persiguió todo el mes. Tú sabes, eso de los fantasmas decembrinos.
 
ÉL: ¡Vaya, si lo sé!
 
ELLA: Pobres de mis hermanas, cada día están más chupadas por los hijos.
 
ÉL: Diste en el clavo. Los hijos son como las orugas que se apoderan de las plantas. La planta les da protección y comida, esperando que cuando se transformen en unas hermosas mariposas, lleven el polen en sus patas, para que tal vez, en otro lugar, crezcan otras plantas.
 
ELLA: En realidad, tengo lo que quiero: un proyecto de vida, dinero y libertad.
 
ÉL: Y cualquiera se conformaría con algo de lo que tienes.
 
ELLA: ¿Y tú?, ¿eres libre?
 
Mueve la cabeza. Negándolo. Ella le da un ligero giro al pie.
 
ÉL: ¡Sí!, ¡sí!
 
Le vuelve a causar dolor.
 
ELLA: Mentiroso.
 
ÉL: ¡Está bien, no soy libre!
 
ELLA: ¿Sabe tu mujer que estás acompañando a una antigua amiga? No, porque no eres libre, sino un prófugo.
 
ÉL: (Ríe.) ¡Eso, soy un prófugo!
 
ELLA: Y cuando estás conmigo, ¿piensas en ella?
 
ÉL: A veces.
 
Le da otro giro al pie.
 
ELLA: ¿Cuánto tiempo?
 
ÉL: Poco.
 
ELLA: Por ejemplo, hace un rato, ¿te acordabas que existía ella?
 
ÉL: ¿En qué rato?
 
ELLA: Cuando hacíamos el amor.
 
ÉL: ¡No!
 
ELLA: Más te vale... Es suficiente.
 
Le coloca el calcetín.
 
ÉL: Oye, eres un fenómeno.
 
ELLA: Es para que veas lo que dejas ir.
 
ÉL: Servicio a mis pies, "la satisfacción del cliente o la devolución de su dinero".
 
ELLA: (Le coloca el zapato.) Qué bueno que estoy ante "el cliente más fiel, de entre todos los fieles".
 
ÉL: ¿Sí?
 
ELLA: Imagina que no lo fueras.
 
ÉL: Desde aquella vez, no volví a meterme con otra mujer... Y no lo haré con ninguna más. No lo merecen mis hijos y mi mujer.
 
ELLA: (Burlona, lo ve a los ojos.) No te creo... Ay, mejor vámonos. (Sopla un viento helado. Él se apoya en ella para caminar.) Oye, lo de la vasectomía, ¿es tan verdadera como tu fidelidad?
 
ÉL: Recuerda que soy un hombre responsable.
 
ELLA: (Ríe.) ¡Y fiel! (Pausa.) ¡Dime la verdad!
 
ÉL: Sí, si tengo la vasectomía.
 
Lentamente salen.
 
ELLA: ¡La verdad!
 
ÉL: ¡Es la verdad!
 
ELLA: ¡Cómo no!
 
ÉL: De regreso te detienes un poco en la farmacia.
 
ELLA: ¡Pero si ya no necesitas condones!
 
ÉL: Quiero comprar un perfume, mañana es veinticuatro.
 
ELLA: (Ríe frenéticamente.) Te recomiendo uno que está riquísimo.
 
Salen.
 
VOZ DE ÉL: ¿En serio?
 
VOZ DE ELLA: ¡El que traigo!, ¡es más!, si no le gusta a tu esposa, me lo regalas, al mío le quedan unas gotas.
 
VOZ DE ÉL: Todo lo que le regalo, le gusta. Además, no tiene ya perfumes.
 
VOZ DE ELLA: ¡No me digas!
 
VOZ DE ÉL: Gasta todo en los niños, le cuesta trabajo comprarse cosas.
 
VOZ DE ELLA: ¡Ay, igual que a mis hermanas!
 
Se escucha el cierre de dos puertas y el encendido del automóvil. Las luces delanteras cambian de dirección. Se marchan, levantando una polvareda. Mientras oscurece, el viento helado silba, mezclándose con las voces en apuros de trabajadores de la construcción.

FIN. Enero 7 de 1999.

 

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VARIAS CABEZAS RODANDO

Por: Erik Leyton
 
1.
Esquina. Poste con luz. Noche. Muy oscura. Tal vez niebla, tal vez bruma.
 
Johnny: Ya no se escucha nada.
Yenny: Se fueron.
Pollo: No se fueron. Están ahí.
Johnny: Pero ya no se escucha nada.
Pollo: Puedo verlos detrás de la esquina.
 
Olafo: (extremadamente horrorizado) No es posible. Nos van a encontrar. No hay nada que hacer. Los leprosos nos van a encontrar. No hay escapatoria. Nada que hacer. No hay escape. Nada, nada...
 
Yenny: Me voy a asomar.
Pollo: No lo hagás.
Johnny: Alguien tiene que hacer algo.
Yenny: Algo.
Johnny: Esto no puede durar toda la vida.
Yenny: No puede durar.
Johnny: Ya me duelen las rodillas.
Pollo: Sólo estar quietos el tiempo suficiente.
Yenny: Ya no aguanto más.
Johnny: No podemos esperar más.
 
Olafo: Ni siquiera quería venir. Podría estar en la tienda, o en el garaje. Mi madre me dijo: "quedáte, arreglá la tienda, trapeá el garaje, o hacé algo por la vida, carajo", pero no quise arreglar la puta tienda, ni trapear el puto garaje, ni hacer ninguna puta cosa por la vida, y ahora estoy aquí, a punto de cagarme en los pantalones, sin nada que hacer, sin escapatoria, hablando con los próximos en la lista, malditos leprosos, preciso esta noche, preciso en el momento que vengo hasta aquí, ni siquiera quería venir, podría estar en la tienda, o en el garaje. Mi madre me dijo: "quedáte, arreglá la tienda, trapeá el garaje, o hacé algo por la vida, carajo", y no se me dio la gana de arreglar la puta tienda, ni de trapear el puto garaje, ni ninguna otra cosa, y ahora estoy aquí, malditos leprosos...
 
Yenny: Ya no aguanto más.
Johnny: No podemos esperar más.
Pollo: Sólo esperar...
Yenny: Me voy a asomar.
 
(YENNY se asoma lentamente. Un disparo que aturde. YENNY se congela y se eleva tres metros del suelo. Cae pesadamente. Silencio.)
 
Johnny: Mierda.
Pollo: Mierda.
 
Olafo: Mierda, mierda, mierda. Malditos leprosos. Que maldita puntería. Mierda, otra vez, malditos leprosos.
 
Johnny: ¿Qué vamos a hacer?
Pollo: Calmarnos.
Johnny: Tenemos que irnos, escapar.
Pollo: Calma.
Olafo: Mierda, mierda...
 
Johnny: Correr rápido, cruzar las calles, acurrucarse, no dejarse ver, esconderse, detrás de los carros, detrás de los postes, debajo de las piedras, escabullirse, no dejarse alcanzar, volar, elevarse del piso y volar rápido...
 
Pollo: Calmáte, guardar la calma...
Olafo: Mierda, mierda...
Johnny: Irnos de aquí, irnos de aquí. Si nos quedamos nos encuentran en cuestión de segundos.
 
Pollo: Guardar la calma. Respirar profundo. Contar hasta diez. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10. Esconderse. Quedarse quieto. No mover un pelo. Esperar. Esperar con calma. Todo pasará. Se cansarán. Se cansarán y se irán. No pueden quedarse tanto. No pueden quedarse toda la vida. Se cansarán y se irán. Hay que guardar la calma. Calma. Calma.
 
Olafo: Mierda, van a esperarnos, van a disparar, siempre, no hay escapatoria, no hay nada que hacer, como en las películas del domingo por la noche, las del oeste, un tiroteo, pum, alguien muere cada vez, siempre, los pistoleros esperan hasta que alguien se mueva, así sea mínimamente, una oportunidad, un tiro, no fallan, los malditos leprosos no fallan, las personas mueren de un tiro, en la cabeza, los pistoleros siempre disparan a la cabeza, no fallan, mierda, no fallan, tienen paciencia, se pueden quedar toda la vida esperando, son pacientes los hijos de puta, se quedan quietos, por horas, por días, por siglos, se quedan quietos mirando a su víctima, como en las películas, esperan, buscan una oportunidad, la más mínima, un leve asomo, un movimiento imperceptible, y pum, disparan, no fallan, los hijos de puta no fallan...
 
Pollo: Es cuestión de minutos.
Johnny: No podemos esperar mucho más. Nos van a matar a todos.
Pollo: No nos podemos desesperar.
Johnny: No puedo más con mis rodillas.
Pollo: Tranquilos, tranquilos, no desesperar.
Johnny: ¿Dónde quedó Yenny?
Pollo: Abajo.
Johnny: Abajo, ¿dónde?
Pollo: Abajo.
Johnny: ¿Al lado de los otros?
Pollo: Más abajo.
Olafo: Mierda, mierda.
Johnny: No los podemos dejar ahí.
Pollo: No podemos recogerlos.
Johnny: No la podemos dejar ahí.
Pollo: No podemos movernos.
Johnny: ¡Tenemos que recogerla! ¡Tenemos que irnos de aquí!
Olafo: Ni siquiera debería estar aquí.
 
2.
Ciudad oscura. Los muchachos cuelgan ahorcados de los postes, de los cables de la luz, de los semáforos. Un televisor que se aproxima lentamente presenta un programa de "cámara escondida". Una modelo cuenta que se hará una broma a quienes retiren dinero de un cajero electrónico escogido al azar. Dos hombres con lentes oscuros abordarán a las personas haciéndose pasar por agentes de seguridad. Los acusarán de robar dinero. La broma se desarrolla con dos parejas. Luego un par de muchachos son objeto de la burla, pero los dos hombres de lentes oscuros olvidan el libreto, les disparan en repetidas ocasiones sin mediar palabra, recogen unos pocos billetes del piso y se van. El televisor repite la escena de los disparos en cámara lenta mientras ruedan los créditos del programa con una música festiva.
 
Una anciana con muchos gatos atraviesa la ciudad. A veces se tropieza con los gatos, o a veces son los gatos quienes se tropiezan con ella.
 
Anciana: Me engañaron. Me dijeron que podría encontrarlo por aquí, pero es mentira. Llevo horas buscando. Ya estoy cansada. Los gatos también están cansados. Ellos no se quejan, por solidaridad, pero están cansados. No piden leche, ni nada. Tendría que haber hecho lo que hacen todas las señoras. Tendría que haber ido a la policía, llevar las fotos, dar los datos, hacer un retrato hablado, llevar su suéter para que lo huelan los perros, dejar su libreta de teléfonos, dictar la dirección de su novia, de su trabajo, de sus amigos, del club de billar que frecuentaba, describir a sus acreedores, enumerar a sus enemigos conocidos, aunque a mi siempre me pareció extrañísimo que tuviera enemigos porque él siempre fue una buena persona... ¡Ay, carajo! Ya estoy hablando de él en pasado. Ese es el primer síntoma. Cuando se ha estado buscando por tanto tiempo, es normal que se empiece a hablar en pasado. Es como empezar a aceptar que la vida es así. Ahora estoy cansada de caminar, de buscar, de preguntar. Tengo hambre. Creo que algunos de los gatos han muerto y ni siquiera ellos lo saben. No tienen siete vidas como dijo el vendedor. Todo es mentira. Él no tenía siete vidas, debió pensarlo antes de salir a la calle. Le había dicho que este mundo está mal, que no puedes entrar a un centro comercial tranquilo, que uno no se puede fiar ni de los gatos, pero él decía que estaba loca. Pobres gatos. Deben estar tan cansados como yo. Tendría que haber hecho lo que hacen las otras señoras. Llamar a la policía e irme a la casa a sentarme frente al televisor a esperar las buenas noticias que nunca llegan, a esperar que me nazcan raíces, que los vecinos me vengan a sacar con todo y silla, y televisor, y gatos, y esperanza perdida hasta un hospital cercano. Él me dijo que no se demoraba. A lo mejor no pensaba demorarse en serio. A lo mejor si es cierto que se tomaron el bus, que violaron a las mujeres, que golpearon a los hombres y que lo patearon a él por hacerse el héroe, que lo golpearon hasta que no pudo recordar su nombre, ni su dirección, ni su teléfono para avisarme que se había muerto. Nada. A lo mejor lo soltaron desde muy alto y no cayó de pie. Debería aceptar eso e irme a la casa para cerrar puertas y ventanas. A lo mejor es lo mejor. A lo mejor debería ir a servirle leche a los gatos.
 
3.
Johnny: No pasa nada.
Pollo: Tranquilo, tranquilo, no pasa nada.
Johnny: Ya se fueron.
Pollo: No. Están ahí. Puedo verlos.
Johnny: ¡No aguanto las rodillas! ¡No puedo más! ¡Esto es una locura! No podemos movernos. Estamos atrapados aquí. ¿Hace cuánto? ¿Una hora? ¿Dos horas? ¿Una semana?
 
Olafo: Atrapados, como ratas, como las ratas de la tienda. A veces mi madre las persigue hasta que las encierra en una esquina. No saben qué hacer. Se quedan quieticas, esperando el escobazo, resignadas, aceptando la muerte. Mi madre no tiene compasión. Un sólo golpe, seco, ¡zas!, y ya no hay rata. Así son los leprosos, un sólo zarpazo y ¡zas!, se acabó.
 
Johnny: No están ahí. Ya se fueron. No es posible que estén esperándonos aún. Ningún ser humano puede hacer eso. Se habrían tullido de frío. No se oye nada. Se fueron. A lo mejor estarán tomándose una cerveza en la tienda de la esquina, cagados de la risa. Se cansaron y se fueron, calladitos, dejándonos aquí, haciéndonos creer que están ahí afuera, que los vemos, que nos van a disparar apenas nos movamos, me duelen las rodillas, no puedo más, nos hacen creer que están ahí para que nos enloquezcamos.
 
Pollo: Lo que pasa es que llevamos mucho tiempo aquí. Por eso estás pensando esas cosas. Tranquilo, no pasa nada si no nos movemos. No desesperar. Tranquilo.
 
Johnny: ¡Dejá de decir "tranquilo, tranquilo"! ¡A la mierda con tu tranquilidad! Los leprosos nos van a matar y vos con la maricada de "tranquilo, tranquilo". ¿No ves que tenemos que movernos? ¿No ves que nos van a volver comida de perro si no nos volamos?
 
Pollo: Paciencia, paciencia, ya casi se van.
 
Johnny: No se van, no se van. Se quedan. Están ahí desde hace no sé cuánto tiempo y no se van, llevan como cuatro siglos esperando, y no se van. ¿Por qué querés que sigamos pegados a esta pared?
 
Olafo: No saben que hacer. Las ratas no saben qué hacer. Se quedan mirando el piso. El escobazo. Creo que alcanzan a pensarlo. "Alguien me descubrió, mierda. Dolerá. Una escoba, un pedazo de madera con pelitos de fibra se estrellará a la velocidad de la luz contra mi cabeza".
 
Johnny: ¿Por qué querés que nos maten? ¿Qué sacás con eso? A vos también te van a agarrar.
Pollo: Silencio.
Johnny: ¿O crees que te la van a perdonar? ¿O pensás que te van a ver la cara bonita y te van a dejar ir?
Pollo: Silencio.
Olafo: Pobres ratas, indefensas al fin y al cabo. Sólo correr y escabullirse. Pero en una esquina, ¿cómo hacen?, ¿cómo se le escapan a la escoba de mi madre?
Johnny: ¿O es que sabés algo que no sabemos?
Pollo: ¡Que te callés!
 
Johnny: Vos nos trajiste hasta aquí. Vos nos dijiste que tranquilos, que no pasaba nada. Vos sabías algo y te quedaste callado.
 
Pollo: ¡Que te quedés callado! Ya no falta mucho.
Johnny: ¿No falta mucho para qué? ¿Vos sabías algo?
 
Olafo: O a lo mejor no saben nada y se aturden, como cuando uno entra a una sala de cine oscura, cuando ya a empezado la película, que uno no ve ni mierda. Se quedan obnubiladas y no pueden escapar, como si hubieran visto un rayo.
 
Johnny: A lo mejor sabías algo y nos trajiste. Y nosotros vinimos como corderos, ¿sabés como son los corderos?, vinimos como corderos, y vos cagado de la risa, no nos dijiste nada, y mirá, Yenny tirada allá abajo quién sabe dónde, con los demás, y nosotros aquí como ratas, encerrados y muertos de miedo.
 
Olafo: Muertas de miedo, encerradas, muertas de miedo.
 
Pollo: Dejá de decir pendejadas. Ya casi se acaba. Paciencia.
 
Johnny: No soy un cordero. No me conocés si creés que soy un cordero. No me voy a quedar esperando a la caballería, ¡a la mierda con la paciencia!, vos te creés que manejás la situación, que me podés ocultar lo que sabés, que vas a ganar, pero ni mierda, estás jodido, estás más muerto que Yenny, no te sirve de nada tu "tranquila gente, tranquilos, todo va a pasar". Nada, sos un remedo, estás muerto.
 
Pollo: No se trata de eso. Dejá el miedo. Quedáte quieto y basta.
 
Johnny: No puedo más con mis rodillas, se me van a partir. O me matás vos o me matan ellos, pero parece que eso es la misma cosa. ¿O no? Decíme que me equivoco, decíme que todo esto no es un engaño, decíme que me estoy meando innecesariamente.
 
Olafo: Y entonces sienten el escobazo, no más, una luz que se apaga, un sonido que aplasta, un relámpago, y unas ganas de salir corriendo, una sensación de que lo pueden lograr, que pueden llegar al agujero, mierda, ni siquiera debería estar aquí.
 
(De pronto OLAFO sale corriendo despavorido. Un disparo atronador. OLAFO se congela en el aire.)
 
 
 
4.
Margarita: Quedamos de encontrarnos aquí, en esta esquina. No pude equivocarme. Me dijo: "Gordita, nos vemos a las diez en la esquina, junto al teléfono", y aquí es. Éste es el teléfono, ésta es la esquina, son las diez, yo soy la Gordita, pero él no llega. Qué raro. Él no es incumplido. O por lo menos no lo parecía. Los hombres son tan embusteros. Una no sabe qué creerles. Es mejor no creerles nada. Eso dice mi madre. Cuando mi padre llega borracho mi madre dice: "Es mejor no creerles nada". Y mi madre tiene experiencia. Toda la vida ha dicho eso. Por la mañana, por la tarde, por la noche, toda la vida ha dicho eso. Por eso no sufrió. Pero él parecía un hombre decente. Eso pensé cuando me llevó las flores el lunes pasado. Pensé: "Sólo un hombre decente le trae flores a una mujer un lunes". Un detalle lindo. Y me llamó "Gordita". Me dijo: "Esto es para ti, Gordita. Estas flores no son tan bonitas como tu". Un detalle lindo. Eso dijo mi mamá: "Un detalle lindo". Y se veía tan guapo con esa corbata. Yo no se lo dije, pero se veía muy atractivo con esa corbata. Un actor de televisión. Un actor de cine. Como ese de las películas del oeste, ¿cómo se llama? Cuando se pone esa corbata tiene un aire a ese de las películas, ese mono, ese... Qué raro. Él no es incumplido. O por lo menos no lo parecía. Pudo haber tenido un inconveniente. Algo inesperado en la oficina. Eso dijo mi hermano: "No llegues puntual. Es posible que tenga algún inconveniente en la oficina y se demore". Y mi hermano tiene experiencia. Ha tenido muchos inconvenientes. Y sus novias han entendido. Pero yo no tengo paciencia. Me disgusta esperar. Yo le dije: "No me hagas esperar nunca. No me gusta esperar". Y él me entendió. O me parecía que había entendido. Los hombres son así. Parece que entienden pero no. Son tontos. Eso dice mi madre: "Los hombres son tontos". Y mi madre tiene experiencia. Lleva sesenta años de casada con mi padre. Mi padre nunca llega tarde. Siempre se levanta temprano, aunque no tenga que ir a ninguna parte, se levanta temprano, se toma su tinto y se va, aunque no tenga una cita con alguien, siempre se va temprano. Él dice: "No me gusta llegar tarde a ninguna parte", y sale temprano de la casa. Se pone ese sombrero y camina lentamente por la calle... Qué raro. Él no es incumplido. O por lo menos no lo parecía. Pudo haberle pasado algo. Es posible que le haya sucedido algo grave. He escuchado que por aquí andan los leprosos. Mi padre me dijo: "Si vas por allá tan tarde será mejor que tengas cuidado con los leprosos". Parece que están asolando este sitio. Roban y matan. Mi madre dijo: "¿Por qué tienes que ir por allá tan tarde? ¿Acaso no sabes que los leprosos andan sueltos?" Y yo le dije que él me había citado aquí y se puso histérica. No le dije más. Es posible que él se haya encontrado con los leprosos. Que le hayan tendido una trampa. Se habrá asustado, pobrecito. Le habrán pedido que les dé su dinero. Pero él no tiene dinero, apenas es un empleado. Eso dijo mi madre. Dijo: "¿Qué le ves a ese tipo? Es apenas un empleado." Y mi madre tiene experiencia. Se casó con un empleado. Él se habrá intentado liberar, ellos lo habrán forzado, lo habrán golpeado, pobrecito, estará tirado en el piso, inconsciente, no sabrá lo que pasó. Por eso no podrá venir, no cumplirá la cita. Y yo estoy aquí junto al teléfono, en esta esquina, esperándolo, sola, totalmente sola...
 
(entran varios hombres vestidos de negro y se sitúan estratégicamente. MARGARITA se asusta y se arrodilla en su lugar apretando fuertemente lo ojos. Por último un POLICÍA entra visiblemente intranquilo y va hasta MARGARITA. La toca, la revisa, la ausculta nerviosamente mientras habla.)
 
Policía: ¿Se encuentra bien?
Margarita: ¡¿Qué?!
Policía: ¿Que si se encuentra bien?
Margarita: ¡¿Cómo?!
Policía: ¿Le hicieron daño?
Margarita: ¡¿Dónde?!
Policía: ¿La ultrajaron, la golpearon, la robaron, la patearon, la violaron?
Margarita: ¿Cuándo? No me di cuenta.
Policía: Se ve bien.
Margarita: Estoy asustada.
Policía: ¿Le hicieron algo?
Margarita: ¿Quiénes?
Policía: Ellos.
Margarita: ¿Quiénes?
Policía: Los leprosos.
Margarita: ¿Dónde?
Policía: Están por todas partes.
Margarita: No, a mi no. No los he visto.
Policía: (luego de un gran suspiro) Descansen muchachos, no ha pasado nada. La mujer está en buenas condiciones. No le han hecho daño.
 
Margarita: Pero a mi novio si le ha pasado algo.
 
Policía: ¡Atención! Hay una víctima. ¡Por Dios! Hemos perdido a alguien. ¿Cómo sabe que le ha pasado algo a su novio?
 
Margarita: Porque no ha llegado. Quedamos de vernos aquí, en la esquina, junto al teléfono, a las diez, pero no ha llegado. Él es muy cumplido, sabe, él nunca ha llegado tarde a una cita. O por lo menos no hasta ahora. Esta es la primera cita que tenemos. Nos conocimos hace poco. Un muchacho atractivo. Buen mozo. A mi madre no le gustó. Cuando se pone corbata se parece a ese actor de cine, a ese de las películas del oeste, ¿cómo se llama? Él me dijo: "Gordita, nos vemos a las diez en la esquina, junto al teléfono", pero no ha llegado...
 
Policía: Un momento, un momento, ¿cómo dijo que se llama?
Margarita: Margarita, señor, como mi madre. Un nombre muy bonito. Mi padre quería llamarme Mercedes, pero mi madre se opuso...
Policía: No, no, no, ¿cómo se llama su novio?
Margarita: Ah, pues él se llama... se llama... No me acuerdo... no me acuerdo. Es que ustedes llegan así, tan de sopetón, tan de golpe, me asustaron, casi me orino del susto, y me hicieron olvidar... Era como un nombre común y corriente... Lo conozco hace poco. Desde la semana pasada. Se veía simpático, como solo, indefenso... Era un nombre fácil... creo que empezaba con E.
Policía: ¿Ernesto?
Margarita: No.
Policía: ¿Enrique?
Margarita: No. Era más corto.
Policía: ¿Elkin?
Margarita: No, no se llamaba tan feo.
Policía: ¿Esteban?
Margarita: No. Creo que no empezaba por E. Tal vez era por F.
Policía: ¿Y cómo era?
Margarita: ¿Era? ¿Acaso usted sabe algo? pOOOjyghuuygy ¿Ya está muerto y no me lo ha dicho?
Policía: No, no. Usted dijo que ya estaba muerto.
Margarita: No, yo no dije eso. Yo dije: "Quedamos de vernos aquí, en la esquina, junto al teléfono, a las diez."
Policía: Pero usted dijo que se había encontrado con los leprosos, y que lo habían matado...
Margarita: Yo no dije eso. Yo sólo dije que lo estaba esperando, entonces usted dijo: "¿Cómo dijo que se llamaba?". Entonces yo le dije...
Policía: Si, si, bueno, terminemos con esto de una vez. ¿Cómo se llama su novio?
Margarita: Creo que no tiene nombre, sólo un apodo y empieza con P.
Policía: Pero hace un momento me dijo que su nombre empezaba con F.
Margarita: No, no. Primero dije que su nombre comenzaba con E, pero luego no me sentí segura y dije que empezaba con F. Pero ahora creo que su apodo empieza con P.
Policía: Por fin, ¿cómo se llama su novio?
Margarita: Pues eso es lo que le intento decir, que no me acuerdo. Cuando salí de mi casa me acordaba, pero ahora no me acuerdo. ¿A usted le ha pasado alguna vez?
Policía: Nunca.
Margarita: Me refiero a salir de su casa y no acordarse para dónde va, no acordarse ni siquiera del nombre de su novio.
Policía: No tengo novio.
Margarita: Claro, claro, usted es un hombre decente, no como esos leprosos, quién sabe qué barbaridades le habrán hecho a su novio.
Policía: A su novio.
Margarita: Si, si, a mi novio.
Policía: O sea que usted no los ha visto.
Margarita: Ni siquiera he visto a mi novio. Teníamos una cita aquí, en la esquina...
Policía: ¿Ha visto algo sospechoso, cualquier cosa?
Margarita: No, no he visto nada raro. Sólo a ustedes, pero ustedes no son sospechosos, claro, parecen buenas personas. Le caerían bien a mi madre.
Policía: Lo mejor sería que se fuera a su casa.
 
Margarita: Ese es el problema: que no puedo irme a mi casa. ¿Qué tal que me vaya y él aparezca? Lo habría perdido para siempre. No podríamos encontrarnos. Perdería mi oportunidad de conocer a alguien interesante, un tipo joven y agradable, alguien con quien casarse y formar una familia. Mi madre dice: "Los hombres se casan cuando quieren, las mujeres cuando pueden", y mi madre tiene experiencia...
 
Policía: Señorita, su novio no vendrá.
Margarita: ¿Por qué?
 
(Entran otros dos hombres vestidos de negro cargando una camilla. Sobre ella un hombre recién muerto. MARGARITA se desencaja.)
 
Policía: Lo siento.
Margarita: ¿Cómo saben que es él?
Policía: Lo último que dijo fue que...
Margarita: No, no. No me lo diga. ¿Dónde lo encontraron?
Policía: Abajo.
Margarita: Abajo, ¿dónde?
Policía: Abajo. Había otros. Salía de cortarse el cabello. Dicen que los leprosos lo patearon hasta reventarlo porque no les gustó su corbata.
 
5.
Johnny: ¿Dónde quedó?
Pollo: Abajo.
Johnny: Abajo, ¿dónde?
Pollo: Abajo.
Johnny: ¿Al lado de Yenny?
Pollo: Más abajo.
Johnny: ¿Cuánto más abajo?
Pollo: Más abajo.
Johnny: ¿Al lado de los otros?
Pollo: Más abajo.
 
(Silencio)
 
Johnny: ¿Seguro que vos no sabías nada?
Pollo: Yenny se ve mal. Tiene la cara morada.
Johnny: ¿No tenés nada que ver con esto?
Pollo: Está morada. Hinchada. Se ve mal.
Johnny: No entiendo nada. Ya ni siento las rodillas. ¿Qué hacés vos acá? Nos mandás uno por uno. Ese es tu trabajo.
Pollo: Tendríamos que recogerlos. Yenny se va a reventar.
Johnny: Esta noche no termina nunca. Sólo quedo yo, porque vos no contás. ¿Cuándo me vas a empujar?
 
(Silencio)
 
Johnny: No recuerdo cómo llegué aquí.
Pollo: Ya casi termina. Calmáte.
Johnny: ¿Cuánto llevás con la misma pendejada?
Pollo: Silencio, calmáte.
Johnny: Lo que no entiendo es cómo hiciste para hablar con ellos. Nadie ha podido. Nadie había podido. Todo el mundo buscándolos y vos charlando con ellos todo el tiempo, amiguísimos, íntimos.
Pollo: Tenemos que recogerlos. Alguien debe estar buscándonos.
Johnny: ¿Qué te dan a cambio? ¿Plata?
 
Pollo: Parála con eso. Tenía una cita y ya no voy a poder llegar, y vos con lo mismo todo el tiempo. Dejáme en paz. Tengo tantas ganas de volar como vos. Daría la vida por ir a mi cita, aunque mi Gordita ya se fue. Tengo ganas de verla, de besarla, y decirle que fue una suerte encontrarla, o alguna pendejada así, llevarla a cine, o a bailar, o a quién sabe qué, y no estar con vos y tu güevonada de las preguntas. Por mi estaría caminando por ahí con la Gordita, de la mano, mirando las estrellas, diciéndole lo bonita que la veo, lo bien que le queda ese peinado, lo hermosa que se ve con ese labial, lo mucho que me gustaría tocarla, o cualquier idiotez que uno dice y no aquí con vos, cagándome de miedo. Dejála ahí, no escarbés.
 
Johnny: ¿Entonces qué? ¿Sabés o no sabés?
Pollo: La cosa no es esa. La cosa es si vamos a vivir o no. ¿Vos qué decís?
Johnny: Decíme. ¿Si me asomo me matan?
Pollo: No te asomés. La cosa no es así.
Johnny: Entonces asomáte vos. No te van a hacer nada.
Pollo: La cosa no es así.
Johnny: Entonces, ¿cómo es?
Pollo: La cosa es estar tranquilos, pensar, calmarse.
Johnny: Esperar a que vengan a buscarnos.
Pollo: No van a venir.
Johnny: ¿Por qué tan seguro?
Pollo: Habrían venido antes.
Johnny: Entonces vienen cuando les avisés.
Pollo: Nadie va a venir.
Johnny: Habrían venido antes.
Pollo: Parála, parála. Ya estuvo bueno.
Johnny: Asomáte y decíles a los leprosos que vengan, que acaben con la espera, decíles que me duelen las rodillas, que ya no puedo correr, que ya soy un cordero, que espero el escobazo, que voy a quedarme sentadito esperando un rayo, que acaben de una buena vez con esto y se vayan a tomar una cerveza a la tienda de la esquina.
Pollo: Ya no sabés lo que decís.
Johnny: Y vos no sabés qué decir.
 
(Silencio)
 
Johnny: Hubieras perdido el tiempo con la Gordita. Esta noche no hay estrellas.
Pollo: Hay muchas cosas por hacer.
Johnny: Una vez vi una película. Dos tipos estaban encerrados en una casita. Cada uno tenía un revólver. Afuera los esperaba un pelotón.
Pollo: No se mueven, pero allí están.
Johnny: ¿Sabés qué hicieron? Salieron disparando. Eso hicieron. Salieron disparando, dispuestos a morir.
Pollo: No pensés en eso.
Johnny: No tenemos revólveres.
Pollo: ¿De qué estás hablando?
Johnny: No hay nada que hacer. Olafo tenía razón. No debimos venir, pero ya estamos aquí. No hay nada que hacer. Somos ratas en una esquina.
Pollo: ¿De qué estás hablando?
Johnny: De que no hay estrellas. De que la noche no va a acabar. De que todo esto es ridículo y no podemos escapar.
Pollo: ¿Qué hicimos mal?
Johnny: No hay razón, no hay lógica, no hay líneas rectas, no hay causa y efecto, no hay leyes, no hay nada.
Pollo: ¿Quién entiende esto?
Johnny: No hay nada qué entender.
Pollo: ¿Entonces?
Johnny: Entonces, nada.
Pollo: Sólo hay que tener calma...
Johnny: No va a amanecer nunca.
 
(Silencio. Ambos se asoman lentamente. Un disparo atronador. Ambos se congelan en el aire. El cielo se llena de estrellas.)
 
Autor: Erik Leyton.
Nacionalidad: Colombiano.
Escrita en 1998.
E-mail: eleyton@latino.com.co
rocamadour@latinmail.com 

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